Vida y Obra de Manuel Ugarte, por Osvaldo Vergara Bertiche.
"...Los estudiantes se aburren y terminan por no interesarse en la historia, cosa que en cierto sentido es benéfica, porque antes que saber una mala historia es mejor no saber ninguna. El que no sabe ninguna está a tiempo por ahí de aprender la buena; el otro tiene que, como nos pasó a muchos de nosotros, desaprender las malas enseñanzas para después empezar a aprender".
Norberto Galasso
Los esfuerzos desplegados por teóricos y comunicadores del pos-posmodernismo, que propagaban la muerte de las utopías, la desaparición de las ideologías y que había que archivar la historia porque era su fin, no dieron el resultado esperado ya que éstas vuelven una y otra vez .
Y cuando el país, vaciado en lo cultural y económico por décadas de políticas impuestas desde los centros de poder transnacionales, quedó literalmente reducido a escombros, surge la memoria y la esperanza y el afán de comprender "el qué nos pasó" echando una mirada al pasado y creando un auténtico clima que elimine "los contornos borrosos" de una situación caótica.
Es que toda la problemática histórica de los tiempos presentes, si quiere ser comprendida en su exacto horizonte, debe ser visualizada desde una base sustantiva que defina, con enorme claridad, los perfiles históricos - en profundidad y extensión - de nuestra Nación.
Así, sorprende a muchos el interés que acompaña hoy todo aquello que tiene que ver con Arturo Jauretche. Hasta hace poco un olvidado pensador argentino (1901-1974) que fuera poeta y verseador, paisano alzado en armas en las patriadas radicales de la Década Infame, orador y escritor, nexo entre el irigoyenismo histórico y el peronismo, sin cuya penetrante mirada, y su zocarronería, no sería comprensible la Argentina del siglo XX.
Hemos sido sujetos de una apropiación, que trajo, en amplios sectores, un desconocimiento del proceso histórico-social. Entender la Nación desde lo nacional es "contrarrestar la contracultura impuesta que alcanza su culminación en la contrapedagogía, o sea el conjunto de ideas que en forma directa o indirecta contribuyen al debilitamiento de la función primordial de la pedagogía, que es transmitir el saber, transmitir la cultura y los mecanismos que hacen posible su permanente renovación"
Rescatar la memoria de los argentinos que lucharon denodadamente por un país distinto; dueño de su destino; parece ser un fenómeno que se despliega en toda su intensidad. La incesante búsqueda de paradigmas es posible, porque si "La historia la escriben los que ganan..." debemos ir al encuentro de la "otra historia"... la de los pueblos.
MANUEL UGARTE, UN ARGENTINO OLVIDADO
Entre tantos otros argentinos "condenados al silencio y al olvido", se encuentra Manuel Ugarte, integrante de la Generación del 900, núcleo de intelectuales nacidos entre 1874 y 1882 que conformaban en los inicios del Siglo XX, una brillante "juventud dorada".
Pertenecían a ella, entre otros, Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Ricardo Rojas, Macedonio Fernández, Alfredo L. Palacios, Alberto Ghiraldo, Manuel Gálvez y el propio Ugarte.
"Habían nacido y crecido en ese tan curioso período de transición que cubre el último cuarto de siglo en la Argentina, cuando la vieja provincia latinoamericana parecía hundirse para siempre, con sus gauchos y sus caudillos, sus costumbres austeras y su antiguo aroma español, sus sueños heroicos y su fraternidad latinoamericana".
Durante los prósperos años veinte, en la Argentina existían distintas corrientes nacionalistas, incluso, en las propias Fuerzas Armadas, ideas que con el correr del tiempo fueron tomando formas más decididamente conservadoras.
Años en los que aparece una Argentina cosmopolita ajena al destino del resto de las naciones hermanas hispanoamericanas, con una clase dominante derrochadora, "de jacqué y galera de felpa", que no asume el frío de los inviernos y marcha a disfrutar el verano parisino. Mientras que la superestructura cultural difundía las últimas novedades europeas.
"El nacionalismo había sido alimentado, en buena parte, en la reacción ante la inmigración europea, por parte de elites y de intelectuales que la veían como fuente de anomia y de decadencia cultural capaces de generar condiciones de revolución social".
Eran tiempos de dos Argentinas: una de pretenciosa arrogancia, cómoda, adinerada, explotadora, y la otra que pujaba por salir del estancamiento y de la marginalidad.
Esos poetas, escritores, ensayistas, sufrieron en carne propia el drama del país y "sus promisorias inteligencias, en vez de desarrollarse al cobijo de un clima favorable, se desgarraron tironeadas por dos mundos contradictorios".
La tarea intelectual no fue entonces una simple labor creativa, ni de divertimento como en otros núcleos de pensadores, sino un penoso camino que se recorría costase lo que costase.
“Hasta ellos llegaba la tradición de un Manuel Dorrego o un Mariano Moreno y las puebladas tumultuosas de las montoneras, como así las nuevas ideologías que recorrían Europa atizando el fuego de la Revolución: el socialismo y el anarquismo”.
A su vez percibían una nación en germen, la sombra de una Patria Grande que había sido despedazada y las "patrias chicas" encadenadas colonialmente a las grandes potencias.
"La cuestión nacional y la cuestión social se enredaban en una compleja ecuación con que la Historia parecía complacerse en desafiarlos".
Ricardo Rojas clamará por una "Restauración nacionalista", reivindicará "La Argentinidad" buscando un vínculo de cohesión latinoamericana e indicando la necesidad de retornar a las fuentes nativas y españolas.
Se desplazará luego al callejón sin salida del indigenismo e inspirado en esas ideas escribe un drama, "Ollantay", basado en una antigua tradición incaica.
Leopoldo Lugones, desde las épocas de su temprano anarquismo, indagará desesperadamente sobre la suerte de la Patria, luego con igual fuerza, intentará enraizar en estas tierras ese socialismo que conmueve a la Europa de la segunda mitad del siglo XIX.
Su militancia juvenil en el Partido Socialista va dirigida a lograr la transformación del país mediante "Una ideología socialista cuya única posibilidad de fructificar reside en impregnarse profundamente de las especificidades nacionales".
Lucas Ayarragaray (1861-1944), conservador liberal de cuño tradicional le respondería que "el sistema tenía sus propios correctivos, y no era necesario sembrar alarma".
Con frustraciones a cuestas, por una experiencia negativa en ese campo, llega al liberalismo reaccionario y luego al fascismo con "La hora de la espada". De propagandista del presidente Quintana, liberal pro inglés, a redactor de los discursos del presidente Uriburu, corporativista admirador de los Estados Unidos.
Cabe acotar que el “Martín Fierro” de José Hernández fue olímpicamente desconocido por las esferas cultas y literarias de nuestro país desde su publicación hasta que Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas lo "descubren" en 1912.
Alberto Ghiraldo - amigo íntimo de Ugarte desde la adolescencia - intentó asumir las nuevas ideas del siglo sin dejar, por eso, de "nutrir su literatura en la sangre y la carne de su propio pueblo". Anarquista desde joven, cultivó también los cuentos criollos y en sus obras de teatro reflejó la realidad nacional.
Tanto él, como Ugarte, denostaron al monstruo devorador de pequeños países. Optó por el exilio. Y el poeta que hizo vibrar a una generación con "Triunfos nuevos", el implacable crítico de "Carne doliente" y "La tiranía del frac" murió solo, pobre y olvidado.
Macedonio Fernández y Manuel Gálvez también "compartieron las mismas inquietudes. Después de una juvenil experiencia anárquica, Macedonio se retrajo pero no cesó de reivindicar lo nacional en su largo discurrir de décadas ante reducidos grupos de discípulos. El humorismo se convirtió en su coraza contra esa sociedad hostil donde prevalecían los abogados de compañías inglesas y estancieros entregadores".
Manuel Gálvez, por su parte, optó por recluirse y crear en silencio. Abandonando el socialismo de su juventud, se aproximó a la Iglesia Católica y encontró en ella el respaldo suficiente para no sucumbir.
Se convirtió en uno de sus "Hombres en soledad" y en ese ambiente intelectual logró dejar varias novelas y biografías realmente importantes.
Alfredo Lorenzo Palacios - como Ricardo Rojas - era de extracción federal. Su padre, Aurelio Palacios, había militado en el Partido Blanco uruguayo y era, pues, un hijo de la patria vieja, aquella de los gauchos levantados en ambas orillas del Plata contra las burguesías comerciales de Montevideo y Buenos Aires.
“También Palacios, como Lugones, como Gálvez, como Macedonio, como Ghiraldo, percibió desde joven la atracción de las banderas rojas a cuyo derredor debía nuclearse el proletariado para alcanzar su liberación”.
No es casualidad por ello que ingresase al Partido Socialista y que allí discutiese en favor de la patria, ni que fuera expulsado por su "nacionalismo criollo", ni que fundase luego un Partido Socialista "Argentino", ni que más tarde se convirtiese en el orientador de la Unión Latinoamericana.
"¿Cómo no iba a saber el hijo de Aurelio Palacios - antimitrista, amigo de José Hernández y opositor a la Triple Alianza - que la América Latina era una sola patria? ¿Cómo no iba a saber Palacios que el socialismo debía tomar en consideración la cuestión nacional en los "pueblos desamparados" como el nuestro?"
Aquel joven socialista se transformó con el correr de los años en personaje respetado; pero él, que había iniciado una marcha por una patria liberada y un ideal socialista, aceptó el cargo de Embajador de uno de los gobiernos más antinacionales y antipopulares que tuvo la Argentina, el del Golpe de 1955.
José Ingenieros nacido en Palermo, Italia, intuyó siempre, aunque de una manera confusa y a veces cayendo en gruesos errores (como el del imperialismo argentino en Sudamérica) que la reivindicación nacional era uno de los problemas claves de la lucha política.
El socialismo le venía desde la cuna pues su padre, Salvador Ingenieros, había sido uno de los dirigentes de la Primera Internacional. También desengañado del socialismo, en 1902, abandonó la arena política y se sumergió de lleno en los congresos psiquiátricos, en las salas de hospitales y en sus libros.
Pocos años antes de su temprana muerte entregó sus mejores esfuerzos a la Unión Latinoamericana, a la defensa de la Revolución Mexicana, al asesoramiento del caudillo de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, a quien aconsejaba adoptar un "socialismo nacional", y al elogio de la Revolución Rusa.
Tampoco Ingenieros vio colmados sus anhelos juveniles. "Las fuerzas predominantes en la superestructura ideológica, montadas sobre el final del siglo cortaron el vuelo del pensamiento de Ingenieros, lo embretaron en disciplinas menos peligrosas que la sociología y la política, y lo silenciaron resueltamente en su último intento por gritar su verdad cuando reivindicaba al unísono la bandera de la Unión Latinoamericana y del Socialismo Revolucionario".
Como también, de manera más técnica, Alejandro Bunge (1880-1943), en su "Revista de Economía Argentina" y varios libros muy influyentes, estudiaba las posibilidades de renovación económica, promoción industrial e integración con los países vecinos, y una legislación de tipo social cristiano.
Aníbal Ponce (1898-1938), un discípulo del José Ingenieros tardío (que había visto con simpatía las nuevas experiencias de la Unión Soviética) fue la principal figura que intentaba integrar el humanismo con la conciencia de clase, en obras como "Humanismo burgués y humanismo proletario", y "Educación y lucha de clases" (1936).
En toda la América hispano-lusoparlante se daban situaciones similares: es decir, socialismo y latinoamericanismo. Se advertía el emergente poder de los Estados Unidos, que comienza a hacerse visible en la guerra de Cuba de 1898.
“Estados Unidos es el nuevo paradigma del poder”, y las naciones del continente al sur del Río Bravo, atomizadas en la crisis del Imperio Español, en vez de concretar el sueño de la Patria Grande se debatían en esa suerte de enanismo dependiente. Eramos los "Estados Desunidos del Sur" en vez de ser "Estados Unidos del Sur".
En el año 1900. José Enrique Rodó (uruguayo) en “Ariel” dice: “cada generación necesita acuñar un mensaje nuevo, responder a una nueva necesidad de la historia”.
Esa idea, es la de la unidad moral e intelectual de América Latina. Y advierte: “si no vamos hacia la unidad de América Latina, no vamos a salir del polvo de la historia; vamos a no ser, definitivamente”. Es uno de los tantos que dijeron ¡no! ¡Tenemos que repensar todo desde la unidad!.
Desde 1826, desde Bolívar, el proceso se detuvo y no se dio aquello de fundar la “Nación de Repúblicas Confederadas” que éste añoraba y pregonaba.
En 1908, Rodó promueve el Primer Congreso Estudiantil Latinoamericano. Concurren de Perú, de Chile, Argentina, Brasil y Paraguay, y es el comienzo de la organización de las juventudes latinoamericanas.
Todos estos representantes de la generación del 900, a pesar de las enormes presiones y acorralamientos, ese "silencio y olvido a que fueron condenados", lograron hacerse conocer en la Argentina y en América Latina.
De todas maneras, esterilizados, edulcorados o deformados, tomados a veces en sus aspectos más baladíes, o resaltando sus obras menos valiosas, todos ellos han sido incorporados a los libros de enseñanza, a los suplementos literarios, a las antologías, a las bibliotecas públicas, y sus obras suelen encontrarse en los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones de tal.
Señala Norberto Galasso que "la clase dominante ignora y anula a las demás, las acalla y silencia todo lo que sea distinto de la historia oficial.
Y agrega "La clase dominante construye, fábrica los intelectuales que le darán sustento a su proyecto de sociedad a través de iluminados que tratarán de generar el consenso en torno al modelo vigente".
Partiendo de la base de definiciones generales, que ya nadie discute, es necesario traer a colación a Carlos Marx quién dice en “Ideología Alemana” que "las ideas dominantes de una sociedad son las ideas de la clase dominante".
Y se explica, porque las ideas que dominaban en la Argentina "eran aquellas que, justamente, la clase dominante imponía a través de las comunicaciones, de la educación, del arte y la cultura, por cuanto disponía del dinero para pagar intelectuales, periodistas y políticos, tratando así, de influir en el pensamiento, en la historia, en la economía, en la filosofía, y en tantas otras manifestaciones, inculcando una forma de ver el mundo con el fin de legitimar su opresión".
“Las grandes transformaciones en la historia del mundo se produjeron recién, cuando previamente a los sucesos políticos, se consolidó una fuerte critica a todo ese mundo de ideas.
Por ejemplo, la Revolución Francesa sería inexplicable sin Rousseau, sin Voltaire, sin Diderot, sin D’Alambert y toda la critica que hicieron los Enciclopedistas.
La Revolución Española de 1808 hubiera sido imposible sin la critica que los filósofos liberales revolucionarios de España hacen al Viejo Régimen".
También es el caso de la Revolución Rusa. Lenin empieza en 1900 visualizando el estado del capitalismo y de la economía en el Imperio de los Zares, para luego proponer la salida revolucionaria.
En definitiva "Las armas de la critica preceden a la crítica de las armas".
"La critica ideológica profunda al Viejo Régimen, se convierte en un arma de importancia fundamental ya que permite ir socavando el poder de los sectores dominantes. Después aparecen las masas (los desarrapados de Francia o los descamisados de nuestro país) provocando las transformaciones necesarias".
De aquel brillante núcleo intelectual, sólo Ugarte consiguió dar respuesta a los interrogantes con que los desafiaba la historia, y hasta su muerte fue leal a esas convicciones
Manuel Ugarte tuvo un distinto destino con referencia a los de su Generación: un silencio total rodeó su vida y su obra durante décadas.
Cabe decir, no sin cierto dolor, que “fue un desconocido para el argentino medianamente culto que ambula por los pasillos de las Facultades”. No es casual, por supuesto, sino por el contrario: causal.
"Sólo él recogió la influencia, nacional-latinoamericana que venía del pasado inmediato y la ensambló con las nuevas ideas socialistas que llegaban de Europa, articulando los dos problemas políticos centrales de la semicolonia Argentina y de toda la América Latina: la cuestión social y la cuestión nacional".
Durante toda su vida fusionó dos banderas: la reconstrucción de la nación latinoamericana y la liberación social de sus masas trabajadoras.
Ésta es la singularidad del pensamiento de Ugarte y por ende la condena por parte de los grandes poderes defensores del viejo orden.
De ahí la utilidad de rescatar su pensamiento creador y analizar detenidamente las formulaciones de este solitario socialista en un país y en una América semicolonial.
Ugarte enfrentó el problema de la cuestión nacional cuando aún Lenin no había escrito "El imperialismo, etapa superior del capitalismo", ni Trotski dado a conocer su teoría de "la revolución permanente".
Ugarte, fue quién sintetizó mejor uno de los rasgos esenciales de nuestros males: la carencia de la unidad de la América del Sur.
Apenas conquistada la primera Independencia, esa unidad fue frustrada por las intrigas de las grandes potencias y el europeismo de las clases dirigentes vernáculas..
Esa necesaria e impostergable reunificación, el logro de la Patria Grande y la consolidación de las Naciones inconclusas, fueron la gran bandera de Ugarte.
A comienzos de 1914, a su instancia, surgió en Buenos Aires, la Asociación Latinoamericana, conformada luego de las manifestaciones organizadas por la intervención norteamericana en México que concluyó con el golpe de estado de Huerta. Esta organización estaba formada principalmente por grupos juveniles y algunos centros obreros.
"Cada nueva agresión norteamericana contó con la respuesta vibrante y apasionada de la Asociación, en 1915 ante una nueva amenaza a México, Ugarte reunió más de 10.000 personas en la Plaza Congreso".
"Continuó en la defensa de los países de América Latina agredidos, mientras gran parte de la intelectualidad argentina, de los partidos políticos y la prensa, se sumaban a la defensa de Francia e Inglaterra en la guerra".
Asumir inclaudicablemente esta posición lo convirtió en un "maldito" de la historia. Hostilidad y desconocimiento en nuestro país; gobernado en ese entonces por la alianza anglo-oligárquica, sustentada por la prosperidad agro-exportadora; y gozando al mismo tiempo de una gran popularidad entre los pueblos de los países latinoamericanos, a los que visitó, convocando multitudes.
En todo ese amplio espectro ideológico que dominaba el escenario, sus actores, quedaron aislados, excluidos. Pensadores, artistas, ensayistas políticos, al expresar ideas que impugnaban el sistema quedaban fuera de él. Con puertas cerradas en medios de comunicación y ámbitos académicos, tuvieron que difundir sus opiniones militantes o sus libros de alguna otra manera.
Así ocurrió también con Jauretche, Manzi, Discépolo, Scalabrini Ortíz, Mallea, Bunge, John William Cooke y muchos más, hasta incluso con el hombre, quizás, “de mayor formación filosófica de nuestro tiempo, Juan José Hernández Arregui”.
Pero todo esto no puede ser motivo de asombro, si ya, en otros tiempos, el añoso Juan Bautista Alberdi fue aniquilado cuando se vuelve antimitrista y con motivo de la Guerra de la triple Alianza se pone decididamente en favor del Paraguay.
Pero Ugarte no se limitó a enarbolar esa gran causa. Fue una suerte de socialista criollo, haciendo una divulgación constante de estos principios.
Es que, oriundo de un país en el que se había conformado un Partido Socialista enteramente moldeado en una concepción europea de la cuestión social, fue a raíz de su postura, expulsado del partido creado y dirigido por Juan B. Justo; éste último, un destacado dirigente político y traductor de “El Capital” de Carlos Marx, pero ardientemente adscripto a los dogmas económicos, históricos y políticos del liberalismo; dogmas estos que Sarmiento había resumido en la célebre antinomia político-cultural: civilización o barbarie y a la que justamente Arturo Jauretche denominara "la madre de todas las zonceras" de la argentina.
“Juan B. Justo y la conducción socialista de la época, se consideraban a sí mismos y a su proyecto político como la vanguardia revolucionaria, capaz de torcer el rumbo del capitalismo, pero adhiriendo a la misión civilizatoria de Occidente sobre el resto del mundo”.
Ugarte en cambio juzgaba pertinente que los componentes de nuestra Patria Grande debían enrolarse resueltamente en el campo de los países pobres, de los llamados sin historia y librar la batalla definitiva por la Segunda Independencia y un orden social más justo y equitativo.
En su carta de renuncia al Partido Socialista donde explicaba las muchas diferencias que lo separaban de esa agrupación, cuestiona fundamentalmente la posición anti-militarista, la inclinación anti-religiosa, llamando al respeto de todas las creencias, y rechaza la enemistad del socialismo argentino con el concepto de Patria, en tanto que reafirmaba su amor por su Nación y su Bandera.
Ausente de la Argentina desde 1919 decide regresar (ni siquiera tenía dinero para comprar los pasajes y toma una dolorosa decisión: vender su biblioteca). Al llegar restableció relaciones con Alfredo Palacios quién lo invitó a reingresar al Partido Socialista, varios dirigentes más, también insistieron en el ofrecimiento. Luego de pensarlo, aceptó reincorporarse al partido.
Pero este nuevo intento no podía durar demasiado, al año siguiente fue expulsado luego de haber descargado una serie de críticas contra la conducción y las viejas ideas del partido.
Era evidente que Ugarte no congeniaba con las ideas ortodoxas del socialismo oficial ya que para él “el socialismo y la patria no son enemigos, si entendemos por patria el derecho que tienen todos los núcleos sociales a vivir a su manera y a disponer de su suerte, y por socialismo el anhelo de realizar entre los ciudadanos de cada país la equidad y la armonía que implantaremos después entre las naciones.
Así también, para el Partido Comunista de la República Argentina el problema nacional, forma típica en que se expresa la revolución de los países periféricos, no existía. "El Partido Comunista, nacido como un desprendimiento de izquierda del Partido Socialista llegó a comprender en algunos momentos que había una opresión imperialista, pero no por eso varió su política interna, pues su comprensión sólo nacía de las diferencias entre la burocracia del Kremlin y el imperialismo mundial".
Cuando aquélla se aliaba con el sector "democrático" de éste, que es el dominante en nuestros países, ni se acordaban de esa opresión.
Debemos reconocer que esa ceguera no era producto de la doctrina marxista. "La socialdemocracia rusa estudió profundamente el problema nacional y desarrolló incluso su teoría". Fue en gran parte debido a su estrategia acertada en este campo que obtuvo el triunfo de octubre de 1917. Abarcando el problema en toda su magnitud histórica, Lenin había llegado a predecir que el siglo XX vería surgir nuevos y grandes movimientos nacionales y nuevas naciones. No se equivocaba.
Pero nuestros "socialistas" y "comunistas" nativos tomaron fórmulas y consignas de las naciones desarrolladas de Europa. Es evidente que las causas que llevaron a esta deformación, de tan grandes consecuencias históricas, fue la subordinación económica de nuestros países, que determinó que las tendencias ideológicas y políticas reflejaran la pugna entre las grandes fuerzas mundiales.
Se ha dicho y es axiomático que “quien desconoce el nacionalismo del país oprimido favorece el del opresor”. Utilizando como cobertura ideológica el internacionalismo proletario (mal entendido), el socialismo y el comunismo desempeñaron precisamente esa función, buscando sistemáticamente oponer el movimiento político de la clase obrera al movimiento nacional.
Desde entonces fue perdiendo su representatividad en la clase, porque se puso en contradicción abierta con los intereses del proletariado. A su vez, "el Partido Comunista, atado a la burocracia del Kremlin se dedicó a traducir la política exterior de ese Estado, acondicionando su actuación a los vaivenes y conveniencias que a éste imponían las diversas coyunturas de la situación mundial". Es ésta la razón por la que no formuló su política de acuerdo con las necesidades propias de la clase obrera y del pueblo.
Volviendo específicamente a Ugarte, podemos decir que en 1904, asiste como delegado al Congreso de la Internacional Socialista en Amsterdam. Tres años después, participa en Stuttgart de otro Congreso, al que asisten Vladimir Ilich Lenín, Rosa Luxembugo, Jean Jaurés, Karl Kautsky y Gueorgui Plejánov.
A pesar de estas incursiones ideológicas en el seno del movimiento marxista internacional, desde 1910 a 1913 Ugarte recorre toda la América hispana, da conferencias y es aclamado en 20 capitales, sin predicar el internacionalismo proletario sino la construcción de la Patria Grande, la gran nación iberoamericana.
“Agentes secretos de las embajadas de Estados Unidos le siguen los pasos en Cuba, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Funcionarios diplomáticos norteamericanos le piden a las autoridades locales que impidan su participación en actos públicos. A pesar de todo, llena teatros y plazas, participa en manifestaciones callejeras y es un orador de barricada”.
Pedro Orgambide nos dice que Ugarte “al igual que José Martí, instrumenta la crítica como ejercicio del criterio y apunta a la descolonización del pensamiento dependiente de América latina”.
En ese marco puede sintetizarse su pensamiento y su ciclópea tarea militante en cuatro puntos:
* "denunció al imperialismo yanqui desde 1901 hasta su muerte en 1951, por sus tropelías en América Central y hasta por la guerra de Corea".
* "fue un socialista convencido, pero se negaba a copiar tácticas e ideas europeas". "El socialismo debe ser nacional" dijo en 1911.
* "sostenía que debíamos incorporar la cultura mundial, pero elaborar nuestra propia cultura nacional, sin exotismos ni europeismos".
* "predicó desde 1900 hasta su muerte, la unidad latinoamericana".
Por otra parte, la producción literaria de Ugarte conforma una obra que es imprescindible conocer para recrear la conciencia nacional ya que sin ella las nuevas generaciones difícilmente encuentren la salida al laberinto de la crisis que padecemos.
Entre su obra poética se destacan "Palabras" (1893), "Poemas grotescos" (1893), "Versos" (1894) y "Vendimias juveniles" (1907).
También es autor de narraciones cortas: "Cuentos de la Pampa" (1903) y "Cuentos argentinos" (1908).
Dentro de sus relatos de viaje figuran "Paisajes parisienses" (1901), "Crónicas de boulevard" (1902) y "Visiones de España" (1904).
Sus ensayos literarios incluyen "El arte y la democracia" (1905) y "La joven literatura hispanoamericana" (1906).
Los textos sociopolíticos son, entre otros, "El Porvenir de América Española" (1910), "La Patria Grande" (1922), "El destino de un continente" (1923), "El crimen de las máscaras" (1924), editados todos fuera del país.
Comienzos de 1926 fue el momento de la aparición de un nuevo libro "El camino de los dioses", y al año siguiente editó "La vida inverosímil". En 1932 publica un nuevo libro "El dolor de escribir", donde reafirmaba su voluntad de liberación hispanoamericana, expresando también las dificultades de todo intelectual que intentara enfrentar a las fabulosas fuerzas del imperialismo, recibiendo calumnias, persecuciones y silencios.
En 1941 escribe "Escritores Iberoamericanos del 900", en el que da una pincelada sobre la gran cantidad de autores a los que conoció personalmente y tuvo su amistad. Desfilan por sus páginas, entre otros: Rubén Darío, Alfonsina Storni, Florencio Sánchez, Gabriela Mistral, Rufino Blanco Fombona y José Vasconcelos.
Recién en 1953, dos años después de su muerte, el historiador y político Jorge Abelardo Ramos publica "El porvenir de América Latina" con un estudio previo que rescata por primera vez la figura y la trayectoria de este argentino de la Patria Grande.
No sorprende que Manuel Ugarte fuera un activo neutralista en las dos guerras mundiales que las grandes potencias, Europa y EE.UU., libraron en el siglo XX con la complicidad de las clases gobernantes y de los círculos ilustrados de las capitales del continente.
“Durante la Primera Guerra los admiradores del progreso indefinido lo acusan de ser espía del Kaiser por defender la política de neutralidad de Hipólito Irigoyen”.
Decía Ugarte en 1941, que "mucho se habla en América Latina sobre el posible peligro alemán y japonés, pero nada se señala sobre el real saqueo inglés y norteamericano".
Al mismo tiempo, afirmaba en cada ocasión su condición de argentino, pero sobre todo de latinoamericano que debía recuperar su Patria Grande impedida de constituirse por la voracidad imperialista-oligárquica.
En otro período de su lucha encaró con firmeza la defensa de la industria nacional, ahogada por el librecambio. Lo hizo desde las páginas del periódico "La Patria" que dirigió en 1915 y desde otras tribunas en las que participó.
Desde ese medio gráfico comenzó a transitar un camino que nadie se había atrevido a recorrer hasta ese momento: denunciar al imperialismo británico.
Argentina se había convertido en función de la dependencia económica, en una semicolonia de Inglaterra. "La Patria" comenzó a denunciar la actitudes agresivas de Inglaterra y la función lesiva para nuestro país que desempeñaba el ferrocarril en manos inglesas.
“Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo, cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república”, escribe Ugarte. “Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital inglés, sindicatos ingleses, empleados ingleses. Lleva la empresa noventa y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas en forma regular; de perder, ninguna. Y este dato merece ser tenido en cuenta al ocuparse de los ferrocarriles como origen de nuestra atrofia industrial”.
Años después sobre este tema, otro “maldito”, Raúl Scalabrini Ortíz, defensor en letras y acción del patrimonio nacional, publica su obra "Historia de los Ferrocarriles Argentinos".
Defensor consecuente de los derechos sociales de los trabajadores, Ugarte había cometido todas las transgresiones que la oligarquía dominante no perdonaba. Concluyó con coherencia su vida política apoyando a Perón desde sus comienzos (1945) y fue embajador de su gobierno en México, Nicaragua y Cuba.
Afirmó: "Soy un hombre sereno y amigo de la paz … pero ante la agresión sistemática, ante la intriga permanente, ante la amenaza manifiesta, todos los atavismos se sublevan en mi corazón y digo que si un día llegara a pesar sobre nosotros una dominación directa, si naufragaran nuestras esperanzas, si nuestra bandera estuviera a punto de ser sustituida por otra, me lanzaría a las calles a predicar la guerra santa brutal y sin cuartel, como la hicieron nuestros antepasados en las primeras épocas de América, porque en ninguna forma ni bajo ningún pretexto podemos aceptar la hipótesis de quedar en nuestros propios lares en calidad de raza sometida ¡Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa!.
En 1918 se produce el movimiento estudiantil por la Reforma Universitaria, que cambió el carácter oligárquico de la educación argentina, lográndose la democratización de la enseñanza.
Este movimiento levantaba banderas latinoamericanas y anti-imperialistas y muchos de sus líderes simpatizaban con Manuel Ugarte. Él mismo intervino llevando su apoyo activo a los estudiantes.
Recordemos que el célebre manifiesto de la Reforma, dado en Córdoba el 21 de junio de 1918, trascendió el ámbito universitario. Estaba dirigido "a los hombres libres de Sudamérica" y decía: "Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana".
Ese mismo año muere su padre y recibe acusaciones calumniosas de simpatizar con los alemanes. Ugarte sabía que el triunfo aliado en la Guerra, haría que Inglaterra con la complicidad de los Estados Unidos se lanzarían a profundizar la expoliación de América Latina.
En su libro "El crimen de las máscaras", aparecen arquetipos que mostraban el funcionamiento de la sociedad oligárquica: el dueño de los medios de difusión, el político que hacía lo contrario de lo que proclamaba, el senador que formaba parte de comisiones que nunca resolvían nada, el oligarca que domina al gobierno, el trepador, el militar con mucho músculo y poco cerebro, escritores que plagiaban, y frente a ellos los estudiantes y un idealista. La novela contenía mucho de autobiografía, mostraba toda la desolación del luchador que se enfrentaba a los poderosos.
La invasión norteamericana a Nicaragua vuelve a hacer levantar la voz de Manuel Ugarte. Todos los antiimperialistas consecuentes le solicitan su opinión y así establece correspondencia con Víctor Raúl Haya de La Torre y José Carlos Mariátegui en Perú y con la dirigencia del Partido Nacionalista de Puerto Rico.
Esta intervención militar puso a prueba la dignidad y la valentía de Augusto Cesar Sandino. Se levantó en armas para hacer frente a la agresión imperial, siendo así conocido, de ahí en más, como el "General de Hombres Libres".
Manuel Ugarte expresó toda su admiración hacia el guerrillero, y se sintió identificado con su posición al señalar: "El general Sandino ha puesto en acción el pensamiento que yo defiendo desde hace veinte años" y redobló sus esfuerzos para que se lo apoyase, ya que cada vez se encontraba más solo ante el silencio de los gobiernos latinoamericanos temerosos de las represalias norteamericanas.
Sandino le hizo llegar una carta agradeciendo el apoyo recibido y reconociendo en él a una de las figuras más importante del patriotismo latinoamericano. Ugarte contrastó "la euforia existente en países como la Argentina, por la Guerra Mundial y el escaso interés por la desigual batalla de Sandino contra el gran imperio".
Tiempo después Sandino le dice: "Su nombre, señor Ugarte, hace mucho tiempo que es familiar entre nosotros y sus escritos por uno u otro motivo, siempre nos llegan y nos han servido de estímulo en nuestra gran jornada libertaria de siete años, que apenas son las preliminares de la gran batalla espiritual, moral y material que Indoamérica, por su independencia, tiene que empeñar contra sus tutores: Doña Monroe y el Tío Sam, y probarles que nuestros pueblos han llegado a su mayoría de edad".
El 21 de febrero de 1934 Manuel Ugarte y toda América Latina recibían una pésima noticia, Sandino era apresado e inmediatamente asesinado.
El Jefe de la Guardia Nacional y luego dictador, Anastasio Somoza, hacía el trabajo sucio de su amo norteamericano.
En 1927 fue invitado por el gobierno ruso al festejo de los diez años de la Revolución de Octubre. Eran los tiempos en que se libraba la batalla por el poder entre Stalin y Trotsky y sin adherir al régimen imperante en la Unión Soviética, Ugarte rescató ciertos aspectos de esa revolución.
Cuando en septiembre de 1930 cayó el gobierno de Yrigoyen, Ugarte se encontraba en difícil situación económica y se le cerraban cada vez más las puertas en distintos ámbitos para poder expresarse. Debemos aclarar que la década del 30 fue una era reaccionaria en casi todo el mundo y eso afectaba gravemente en el ánimo del gran luchador, pero, así y todo, ni las peores penurias podían doblegarlo.
Por entonces le fue ofrecida la dirección de una revista mensual "Vida de hoy". Se publicó esta revista durante un año y medio, lo que le permitió tener un lugar donde expresarse y además obtener algunos recursos con los que sobrevivir.
Plena Década Infame en nuestro país, una Europa amenazada por el nazismo y la Unión Soviética bajo la férrea conducción stalinista. El clima político imperante, de total y absoluta intransigencia, más la imposibilidad de continuar con la revista, lo sumieron en un profundo pesimismo
Algo que lo conmueve hondamente son los suicidios de Horacio Quiroga (1937), Leopoldo Lugones (1938), especialmente el de su gran amiga Alfonsina Storni (1938) y Lisandro de la Torre (1939).
"La pena le hizo dejar nuevamente Buenos Aires, esta vez para instalarse en Viña del Mar, Chile. Allí colaboró en varios diarios con artículos literarios".
El poeta peruano Alberto Hidalgo, quien conoció a Ugarte en los años ’40, lo describe viviendo humildemente, como un proscrito: “Yo quiero llamar la atención de un país sobre este hombre, al que no puede dejarse perecer en la pobreza o en el olvido, aunque fuese, si no tuviera otros méritos, sólo por esto: por haber sido el apóstol de los ideales americanistas, por haber gastado su fortuna recorriendo nuestras repúblicas a fin de despertarlas y hacerles ver el peligro que las acecha.
Y es por ello que, aunque la Argentina lo tenga olvidado, el nombre de Manuel Ugarte no morirá nunca en la conciencia de América”.
El triunfo electoral del peronismo el 24 de febrero de 1946, lo siente como que "por una vez el pueblo ganaba una batalla".
Decide el regreso a su patria. Al llegar a Buenos Aires declara: “Los prisioneros del pasado que se resisten a admitir este momento nuevo, esta mentalidad diferente, este ideal de porvenir, no perturbarán la marcha de la nación hacia sus nuevos destinos. La revolución no ha sido de un hombre, ni de un grupo, ni de un momento político, ha sido fruto de una conmoción geológica, de un cambio de clima…”.
“Creo que ha empezado para nuestro país un gran despertar. Todos los presentimientos y las esperanzas dispersas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo, que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero”.
En septiembre de 1946 fue designado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en la República de México, por primera vez en la Argentina obtenía un reconocimiento a su capacidad y su lucha, y nada menos que ante México, país al que había defendido reiteradamente contra las agresiones norteamericanas y donde tenía tantos amigos y discípulos. Ese reconocimiento le llegaba muy tarde, tenía 71 años.
En agosto de 1948 se lo designa en Nicaragua, donde permaneció poco tiempo, y a comienzo de 1949 fue nombrado Embajador en Cuba.
"Concluía el año 1949 cuando fue reemplazado el Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Atilio Bramuglia, esto produjo un cambio en la política y luego de algunos roces con los nuevos funcionarios, Ugarte presentó la renuncia y envió una carta a Perón, señalando algunas diferencias por los cambios sucedidos en la Cancillería, sin por eso dejar de apoyar al gobierno".
Alejado de la función pública decidió visitar nuevamente México donde los intelectuales realizaron un homenaje en su honor, luego sigue hacia Madrid. En noviembre de 1951 retornó a Buenos Aires con un sólo objetivo, votar por la reelección del Perón.
Él mismo explica la razón de esta actitud: “No he pertenecido nunca al bando de los adulones y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa a votar por Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en momentos difíciles que atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos”
Sobre esta cuestión la escritora Liliana Barela señaló: “La percepción de Ugarte del momento por el que atravesaba nuestro país, frente a la miopía de la mayoría de los partidos políticos que no supieron estar a la altura de las circunstancias, revela un profundo conocimiento del proceso histórico y lo rescata como protagonista trascendente dentro de los pensadores argentinos”.
Luego del triunfo regresa a Madrid donde permaneció unos pocos días para instalarse en Niza donde el 2 de diciembre de ese mismo año (1951) fallecía. Ese día lo encuentran muerto en su casa.
Aunque oficialmente se considera que la muerte fue “accidental”, en los medios literarios y políticos se presume que él mismo decidió poner punto final a su vida. Los suicidios de Quiroga, Alfonsina Storni, Lugones y de la Torre le hicieron afirmar que “la suya era una generación vencida”.
Hay quienes no descartan que “exiliado, solitario, excluido y desilusionado, pudiera sentirse vencido y tentado a adoptar el camino que eligieron tantos compañeros que integraron su malograda generación”.
En un manuscrito fechado poco antes de su muerte se lee: “Hay dos maneras de matar a un hombre: matándolo o humillándolo. Lo primero no convenía a mis adversarios, lo segundo lo evité yo. Dios sabe que no hay nada en mi vida que me pueda reprochar. Tengo la convicción de que en todo momento he servido a los intereses argentinos y los ideales de Iberoamérica porque hasta con la ausencia y con los silencios mantuve el derrotero que los gobernantes habían olvidado. Que las nuevas generaciones, sin dejarse intimidar, eleven al punto de mira, aprendiendo a ser grandes en la vida y en la muerte (...) he querido decir a mis compatriotas estas palabras antes de morir y entiéndase que mis compatriotas son todos los habitantes de América Latina”.
Muchos años antes, en la Europa anterior a la primera guerra, "aunque diversos síntomas denotaban la decadencia de la burguesía, quedaban algunos rescoldos revolucionarios del Siglo XIX".
Allá, al decir de Ugarte se encontraron los "escritores iberoamericanos del 900".. Adquirieron la conciencia de que el problema de todos era el mismo y que a pesar de los diversos puntos de partida, constituían una unidad.
Ha escrito, como miembro conspicuo de esta generación y al mismo tiempo su historiador que "Al instalarnos en Madrid (punto de partida) y París (ambiente espiritual), descubrimos dos verdades. Primera, que nuestra producción se enlazaba dentro de una sola literatura. Segunda, que individualmente, pertenecíamos a una nacionalidad única considerando a lberoamérica, desde Europa, en forma panorámica”.
Agregando: "Amado Nervo era mexicano, Rubén Darío nicaragüense, Chocano había nacido en el Perú, Vargas Vila en Colombia, Gómez Carrillo en Guatemala, nosotros (Ingenieros, Lugones, el propio Ugarte) en la Argentina, pero una filiación, un parecido, un propósito nos identificaba. Más que el idioma, influía la situación. Y más que la situación, la voluntad de dar forma en el reino del espíritu a lo que corrientemente designábamos con el nombre de la Patria Grande".
"Despertar la conciencia del continente ibérico, cuya unidad superior perdieron de vista los malos pastores, equivalía a seguir en todos los planos la consigna de los fundadores de la nacionalidad. De nuestro esfuerzo, quedará, ante todo, el empuje hacia una amplia concepción iberoamericana..., hacia una reestructuración de la ideología continental, con vistas a actualizar la esperanza del movimiento de 1810".
Manuel Ugarte expone la situación a que arribaron los más afortunados, los que pudieron trasladarse a Europa y vivir en cierto modo al costado del desarrollo de la burguesía del viejo mundo. Mas, al lado de esos nombres, cuántos otros se frustraron o no pudieron superar el anonimato histórico ante la indiferencia inconcebible del medio.
Se produjo por ese entonces un curioso fenómeno: desde casi todos nuestros países emigraron a Europa intelectuales jóvenes, que se convertirán en los más destacados exponentes de las letras o de la cultura latinoamericana.
“El reproche de exotismo que por esta razón se les hizo, aparte de inexacto, contiene una dosis de ponzoña; ellos no fugaban de América hacia Europa, sino, como lo expresara Rubén Darío, se Ilevaban consigo América al viejo continente para que viviera un poco de la civilización que aquí se les negaba”.
La mayor parte de los escritores iberoamericanos del 900 pusieron su temática sobre lo latinoamericano y sus problemática.
Entre los amigos de Ugarte se cuentan, como ya dijimos, Alfonsina Storni, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Leopoldo Lugones y Manuel Gálvez.
También trata con el peruano José Santos Chocano, el nicaragüense Rubén Darío, los mexicanos Amado Nervo y José Vasconcelos, los españoles Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Pío Baroja, los franceses Henri Barbuse y Jean Jaurés; es decir, con los más destacados intelectuales de principios del siglo XX.
Rubén Darío, Unamuno y Baroja le prologan sus primeros libros. Barbuse, director de la revista “Monde”, lo incluye en el comité editorial junto con Albert Einstein, Máximo Gorki y Upton Sinclair.
La corriente intelectual del 1900 abonó ideológicamente el terreno para la lucha nacional de nuestros pueblos. La voluntad de esa generación fue la de conformar "en el reino del espíritu” la Patria Grande, según las precisas palabras de Ugarte y ”configuraba el reverso de la impotencia política de la clase media latinoamericana para realizar la revolución democrática y de unificación nacional del continente”.
Las concepciones unificadoras partían del hecho de que a comienzos del siglo XIX, "América hispana constituía una unidad político-administrativa. La revolución fue americana, y el ascenso del capitalismo en el mundo (Siglos XVII a XIX) se llevó por la creación de los modernos estados nacionales". Territorios con población de un solo idioma, superando las divisiones feudales, se conformaron como estados.
En cambio, América Latina no alcanzó a constituirse nacionalmente en el Siglo XIX por la combinación de ciertos intereses regionales librecambistas con las potencias colonizadoras, que fomentaron la balcanización.
La crisis del capitalismo mundial (iniciada en 1914) replantea, cada vez con más vigor, el problema nacional de América Latina: “o constituir la nación o perecer”, tales son sus términos inequívocos.
“Singular suerte la nuestra, en que lo propio resultaba lo deleznable y lo foráneo encarnación de todas las excelencias”.
Manuel Ugarte fue uno de los más consecuentes patriotas latinoamericanos, tal vez por eso, muy pocos en la actualidad conocen su nombre, y menos aún su lucha y la dignidad militante de su inquebrantable antiimperialismo.
¿Y cuál fue el trato que recibió Ugarte en Argentina? A este auténtico autor de novelas, cuentos, poesías y ensayos las autoridades universitarias le niegan una cátedra de Literatura. Los representantes de la cultura oficial también rechazan la propuesta de Gabriela Mistral, quien lo denomina “el maestro de América Latina” para considerarlo candidato al Premio Nacional de Literatura. Es condenado, justamente Ugarte, que había firmado el Libro de Oro Mundial de la Paz en 1929 junto a Bernard Shaw, Roman Rolland, los esposos Curie, Maeterling y otras figuras, las más prestigiosas de la intelectualidad mundial. Pero era previsible, él dijo: "No hay proletariado feliz en un país en derrota”.
El 4 de Abril de 1912 en una Conferencia en la Federación Obrera de la República del Salvador proclamaba: “Debemos ser altiva y profundamente patriotas ... Si no queremos ser mañana la raza sojuzgada que se inclina medrosamente bajo la voz de mando de un conquistador audaz, tenemos que preservar colectivamente, nacionalmente, continentalmente, el gran conjunto común de ideas, de tradiciones y de vida propia fortificando cada vez más el sentimiento que nos une, para poder realizar en el porvenir ... la democracia total que será la PATRIA GRANDE del mañana”.
En otra conferencia decía: "Leyendo un libro sobre la política del país encontré citada la frase pronunciada por el senador Preston en 1838: - La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina hasta la Tierra del Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza -".
"¡Qué destino el de nuestra raza! El derecho, la justicia, la solidaridad, la clemencia, los generosos sentimientos de que blasonan los grandes pueblos, no han existido para la América Latina donde se han llevado a cabo todos los atentados sin que el mundo se conmueva... Para nosotros no existe, cuando surge una dificultad con un país poderoso - y al decir país poderoso no me refiero sólo a los Estados Unidos sino a ciertas naciones de Europa -, ni arbitraje, ni derecho internacional, ni consideración humana. Todos pueden hacer lo que mejor les plazca, sin responsabilidad ante los contemporáneos, ni ante la historia. Así se instalaron los ingleses en Las Malvinas, o en la llamada Honduras Británica, así prosperó la expedición del archiduque Maximiliano, así se consumó la expoliación de Texas, Arizona, California y Nueva México, Estados asimilados a ciertos pueblos del Extremo Oriente, o del Africa Central, dentro del enorme proletariado de naciones débiles, a las cuales se presiona, se desangra, se diezma, y anula en nombre del progreso y la civilización”.
"Desde Europa, fuera de la preocupación local que naturalmente acapara la atención en cada una de nuestras repúblicas, advertí dos cosas: 1) que entre las repúblicas latinas de América había lazos parecidos y analogías más profundas que entre las demás naciones del mundo, que esas analogías no era ideológicas, sino reales, no estaban basadas sobre declamaciones sino sobre una identidad de situaciones, de intereses, de realidad; y 2) que se difundía en América, que cobraba vigor y brío una abominable explotación de una nación fuerte sobre los débiles, que se acrecentaba una dominación injusta del grupo cohesionado y poderoso sobre el grupo débil y disperso”.
"A todos estos países no los separa ningún antagonismo fundamental. Nuestro territorio fraccionado presenta, a pesar de todo, más unidad que muchas naciones de Europa. Entre las dos repúblicas más opuestas de la América Latina, hay menos diferencia y menos hostilidad que entre dos provincias de España o dos estados de Austria. Nuestras divisiones son puramente políticas y por tanto convencionales. Los antagonismos, si los hay, datan apenas de algunos años y más que entre los pueblos, son entre los gobiernos. De modo que no habría obstáculo serio para la fraternidad y la coordinación de países que marchan por el mismo camino hacia el mismo ideal. Sólo los Estados Unidos del Sur pueden contrabalancear en fuerza a los del Norte. Y esa unificación no es un sueño imposible”.
Y desde la preocupación social, desde la marginación y el hambre de muchos, dice: "Si hay quienes agonizan en la miseria no es porque falte con qué alimentarlos, sino porque una criminal retención de los productos en manos de una minoría de traficantes así lo determina, sino porque hay hombres que, más por inconsciencia que por maldad, trafican con el hambre de sus semejantes”.
Sostiene, también, un posicionamiento claro, ejemplificador y docente en cuanto al rol que deberían asumir los escritores, les alecciona diciendo: "Siempre he creído que el poeta, el escritor en general, debe intervenir en los debates de su tiempo. Fui uno de los primeros en decir que no es posible que los elementos pensantes de un país, los más capacitados, abandonen o desdeñen la tarea de dar rumbo a la nación”.
"Todos los escritores que predican la excelsitud del arte retórico y aristocrático, sin mezcla de inquietud contemporánea, han hecho, sin desearlo quizá, obras que son, en cierto modo, una propaganda en favor de determinada modalidad de vida".
"El escritor no debe ser un clown encargado de cosquillear la curiosidad o de sacudir los nervios enfermos de los poderosos, sino un maestro encargado de desplegar bandera, abrir rumbo, erigirse en guía y llevar las multitudes hacia la altísima belleza que se confunde en los límites de la verdad. Porque la verdad es belleza en acción y las excelencias de la forma sólo alcanzan la pátina de eternidad cuando han sido puestas al servicio de una superioridad moral indiscutible”.
Aquellos que quisieron endilgarle una actitud germanófila-nazi, dice: "Yo no he creído nunca que nuestra raza sea menos capaz que las otras. Así como no hay clases superiores y clases inferiores, sino hombres que por su situación pecuniaria han podido instruirse y depurarse y hombres que no han tenido tiempo de pensar en ello, ocupados en la ruda lucha por la existencia, no hay tampoco razas superiores ni razas inferiores... La desigualdad que advertimos entre la mitad del Continente donde se habla en inglés y la mitad donde se habla español, no se explica ni por la mezcla indígena, ni por los atavismos de raza que se complacen en invocar algunos, arrojando sobre los muertos la responsabilidad de los propios fracasos... mientras la burguesía yanqui adoptaba los principios filosóficos y las formas de civilización más recientes, una oligarquía temerosa y egoísta se apoderó de las riendas del gobierno en la mayor parte de los Estados del sur”.
Rompe el mito de lo fatídico, de estar condenados al fracaso y afirma: "Yo no he creído nunca que la América latina sea inferior a la América sajona, yo no he creído nunca en las fatalidades geográficas, yo no he creído nunca que debamos inclinarnos ante la expansión de los fuertes”.
Y agrega: "El imperialismo podrá aterrorizar a nuestras autoridades, apoderarse de los resortes de nuestras administraciones y sobornar a los políticos venales, pero a los pueblos que reviven sus epopeyas heroicas, a los pueblos que sienten las diferencias que los separan del extranjero dominador, a los pueblos que no tienen acciones en las compañías financieras ni intereses en el soborno, a esos pueblos no los puede desarraigar ni corromper nunca nadie”.
En “Redescubrimiento de Ugarte”, publicado en febrero de 1985, Jorge Abelardo Ramos escribe: “... en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él.
No solamente porque, como decía Miguel Cané, escribir una página desinteresada en Buenos Aires equivalía a recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio, sino a causa de que Ugarte iría a desenvolver su vida contra la lógica de la factoría euro-porteña: era socialista, aunque criollo y católico; argentino, pero hispanoamericanista. Si bien es cierto que lucharía por la neutralidad en las dos guerras inter-colonialistas del siglo, debería hacerlo contra la opinión dominante del rupturismo demo-izquierdista favorable a las potencias democráticas; más tarde, asumiría la defensa de la industria nacional y de la clase obrera en un país agropecuario, librecambista y antiobrero”.
El luchador social se había convertido en “un muerto civil” mucho tiempo antes de fallecer, y apunta Ramos. “Sin el respaldo de un partido, de una capilla, de los grandes diarios o del orden vigente, ningún editor manifestó nunca el menor interés por publicar algún libro de Ugarte.
Semejante maravilla se explica porque la formación del gusto público, en 1914 o en la actualidad, corría por cuenta de los intereses creados por la oligarquía anglófila y su dócil clientela de la clase media urbana, en suma, el cipayo ilustrado, que se cultiva a la orilla de los grandes puertos de la América Latina”.
Ramos recuerda: “En noviembre de 1954, organicé una Comisión de Homenaje. Recibimos los restos de Ugarte en el puerto de Buenos Aires (...) Un silencio sepulcral reinaba sobre la República, en cuyo subsuelo toda la reacción conspiraba. Pugnaban por derribar a Perón tanto la agónica partidocracia democrática, como la izquierda cosmopolita y el nacionalismo puramente retórico de ciertos grupos de la derecha antiobrera. (...) Enseguida organizamos en el salón Príncipe George un Funeral Cívico en su homenaje. Hablaron en el acto Carlos María Bravo, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke y yo. (...) A pesar de la tensión reinante, congregamos unas cuatrocientas personas. Salvo el presidente Perón, que envió un telegrama de adhesión, ni el gobierno ni el peronismo oficial se hicieron presentes. Y, va de suyo, nadie de la "inteligentzia" llamada argentina. Soplaba un viento gélido y en el espíritu colectivo palpitaban sórdidos presagios. La contrarrevolución democrática estaba en marcha”.
En el capítulo XII de “Historia de la nación latinoamericana”, Ramos dedica varias páginas al trágico destino de este luchador visionario y el silenciamiento sistemático de su vida y obra; “El irritado silencio que ha rodeado siempre a la figura de Ugarte no sólo es necesario atribuirlo al papel de "emigrado interior" del intelectual del 900 en las semicolonias, sino al "leprosario político" en el que la oligarquía y sus amigos de la izquierda cipaya recluyen a los hombres de pensamiento nacional independiente. A principios de siglo, al escritor latinoamericano no le quedaba otro recurso que enmudecer o emigrar. Las pequeñas capitales de la nación "balcanizada", aún la más presuntuosa, como Buenos Aires, habían sustituido la función social del escritor con el libro español o francés·.
Pedro Orgambide, en su último escrito antes de morir, el 19 de enero de 2003, sostiene: “No fue profeta en su tierra. Es, aún, el gran olvidado del pensamiento político argentino. En cambio, sus ideas impulsaron la acción de hombres como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre o el nicaragüense Augusto César Sandino. Su nombre es citado con frecuencia en otros países de América latina; pocas veces en la Argentina”.
América Latina necesita rescatar el pensamiento de hombres que como él, dieron todo y no recibieron nada, para revivir el sueño de San Martín, Bolívar y Artigas.
Difícil y sutil tarea. Significa lograr una integración que no consista en una nueva manifestación enmascarada de imperialismo.
Significa "compatibilizar el universalismo con la preservación de la identidad de los pueblos".
"Una auténtica comunidad organizada no puede realizarse si no se realiza plenamente cada uno de su ciudadanos". Lo mismo ocurre con la integración de la América hispánica, ésta debe hacerse sobre bases que impida la despersonalización de los pueblos y que no enajene su verdad histórica.
Manuel Ugarte dejó un legado independentista y revolucionario a las generaciones de hoy y de mañana. Un llamamiento vibrante y apasionado. "Mientras la América Latina esté gobernada por políticos profesionales cuya única función consiste en defender los privilegios abusivos de la oligarquía local y en preservar los intereses absorbentes de los imperialismos extranjeros, ninguna evolución puede ser posible”.
"Ha llegado la hora de realizar la segunda independencia. Nuestra América debe cesar de ser rica para los demás y pobre para sí misma. Iberoamérica pertenece a los iberoamericanos”.
"Y allí donde hay un territorio latinoamericano en peligro, allí está nuestra patria."
En el marco de esa tarea, los argentinos, debemos robustecer la cultura nacional preservando su unidad.
Raúl Scalabrini Ortíz daba una verdadera lección en “Otra idea de Patria", dice: "(...) La patria no es simplemente un suelo extendido en la topografía de valles, llanuras y montañas. La patria es una fraternidad sostenida por tradiciones que son como la memoria colectiva de los pueblos y por ideales nacionales en que se funden y sobreviven los perecederos ideales de los ciudadanos aislados”.
Y en "Política británica en el Río de la Plata" opinaba que “Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos".
Por su parte Arturo Jauretche acerca del "colonialismo mental" señalaba: "La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América”.
“La incomprensión de lo nuestro preexistente como hecho cultural o mejor dicho el entenderlo como hecho anticultural, llevó al inevitable dilema: todo hecho propio, por serlo era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar pues consistió en desnacionalizar - si Nación y realidad son inseparables-“.
Mientras que Rodolfo Puiggrós, refiriéndose a “La liberación ideológica”, manifestaba “(...) América Latina - y la Argentina - para salir del atolladero tiene que pensar y actuar en función de América Latina - necesita poseer, para ponerse a la altura de la humanidad que nace, una ideología revolucionaria propia, es decir viva y creadora, que se nutra de la ciencia y la experiencia mundial para superarlas, pero que sea el fruto de los gérmenes específicamente latinoamericanos”.
“No seremos libres de verdad y no salvaremos de la pobreza y la ignorancia a millones de latinoamericanos mientras esa ideología revolucionaria nuestra no se adueñe de las masa trabajadora y las haga artífices de las grandes transformaciones sociales. El colonialismo ideológico siempre acompaña al colonialismo económico y la liberación económica no es posible sin la liberación ideológica”.
“La creación de esa ideología revolucionaria que interprete las leyes de nuestro desarrollo histórico y las tendencias progresistas y emancipadoras de las masas laboriosas es, a mi entender, la tarea más apremiante y primordial que tenemos por delante los argentinos y los latinoamericanos”.
Ricardo Carpani, escultor y escritor (1930 – 1997), en “Nacionalismo popular, nacionalismo burgués” con buen ojo clínico sobre la realidad nos impone que con "Un simple vistazo sobre el proceso histórico mundial de los dos últimos siglos y sobre la realidad presente de los pueblos, basta para detectar la presencia permanente del sentimiento nacional como un factor emocional fundamental en la movilización de las masas”.
“Los latinoamericanos, al hablar del carácter nacional de nuestra lucha de liberación, no podemos circunscribirnos a los artificiales límites de cada uno de nuestros respectivos países, sino que debemos involucrar en ello a la totalidad de América Latina, nuestra patria grande, dividida y fragmentada por el imperialismo y las oligarquías nativas, para el mejor sojuzgamiento y explotación de sus pueblos”.
“Porque no es solamente un mismo territorio, un mismo pasado histórico, las mismas tradiciones culturales, la misma lengua, etcétera, en fin, todos los elementos necesarios para configurar una nación lo que nos une, sino, también y especialmente, un opresor común que sólo podrá ser definitivamente vencido con el concertamiento, espontáneo o conscientemente buscado, de las luchas revolucionarias de las distintas regiones del continente”.
La liberación es insoslayable para ingresar en el proceso de construcción de la Patria Grande.
Ugarte “no fue profeta en su tierra. En cambio, vio cómo se agrandaba la patria mientras recorría el territorio de esta América que, como él vaticinó en sus textos, sigue siendo una arriesgada apuesta al porvenir”.
Se pronunciaba en su momento en un artículo titulado “El nuevo nacionalismo”, afirmando que “existen dos ideas muertas: el internacionalismo ciego y el nacionalismo cerrado”.
Se declaraba partidario de “un nacionalismo democrático y por una democracia nacional como la única solución posible”.
Es evidente que la “cuestión nacional” debe ocupar el lugar que corresponde en la estrategia liberadora de los pueblos. Así, en diversos países de América Latina, estamos asistiendo a un vigoroso proceso de creación de una poderosa corriente nacional conectada con el movimiento de unificación nacional de nuestros pueblos. No se trata de un proceso que discurra por viejos canales partidarios, sino más bien un "vasto movimiento de reagrupación ideológica que nos hace recordar los tiempos de los Libertadores pero en una escala histórica mucho más elevada".
Debemos poner a trabajar nuestro talento al servicio de la Patria; de la Patria chica y de la Patria Grande, contando para ello con un bagaje doctrinario y ejemplificador.
Hoy asistimos al comienzo de una nueva fase de la historia de nuestra América, en el que todos colegimos que no hay solución para ninguno de nosotros.
Después de un largo periplo, de un largo proceso histórico, volvemos a la misma situación en que se generó la Primera Independencia.
Innumerables historiadores han dialectizado la pugna entre nuestros héroes libertadores y el destino, reviviendo enmohecidas categorías sobre el papel del individuo en la historia.
Bolívar, San Martín, Artigas, O’Higgins, Sucre y tantos otros, habrían sido "soñadores" y su proyecto "una hermosa quimera" y la rigurosa necesidad de unificar América Latina no sería sino un "ideal", digno de evocarse en la solemnidad de los actos oficiales o del academicismo.
Asumamos sí, que las fuerzas que se congregaron en torno a ellos para consumar la independencia se disolvieron cuando se pretendió construir la unidad de los Estados recién emancipados. Las oligarquías regionales que en alguna medida sostuvieron las campañas libertadoras con algunos recursos y hombres; entre los que figuraban más de un "padre de la patria", se volvieron contra el proceso de unificación cuando el comercio libre estuvo garantizado.
El rasgo común de la Independencia en Sudamérica, proceso que va de 1810 a 1830, es que se produjo en conjunto, y esto es lo que debe repetirse ahora.
Porque es en el ahora donde sentimos la impotencia de los fragmentos que ocasionó la dispersión. En América Latina, en América del Sur, "la unidad prevalece sobre la diversidad". Y este es el nudo central de la cuestión.
Es Juan Domingo Perón quién planteaba que "debía asumirse el pasaje del estado-nación al estado continental".
Felipe Varela, desde la cordillera de los Andes, convocando a la Unión Americana; el entrerriano Ricardo López Jordán exaltando "la indisoluble y santa confraternidad americana", Carlos Guido y Spano, defensor del Paraguay destrozado, Eduardo Wilde, sosteniendo que hay "que hacer de Sudamérica una sola nación", José Hernández designando a la Argentina como "esta sección americana", son exponentes rotundos de una verdadera tradición de unidad indo-hispano-luso-americano.
José E. Rodó, en el mismo camino, le dirá a Ugarte: "Grabemos como lema de nuestra divisa literaria esta síntesis de nuestra propaganda y nuestra fe: Por la unidad intelectual y moral hispanoamericana".
El ejemplo que nos ofrece Manuel Ugarte es, justamente, el de haber sido el primero que ofreció una síntesis, histórica y política, del conjunto de América Latina, en el libro “El porvenir de la América Española”, publicado en 1910. Hasta entonces, en pleno siglo XX, no había ninguna visión de conjunto de América Latina. En 1911, apareció “La evolución política y social de Hispanoamérica”. Rodó publica en 1912 “Bolívar, el unificador del sur”. Y ese mismo año se edita “Las democracias latinas de América” del peruano Francisco García Calderón, y en 1913 “La creación de un continente”, del mismo autor.
Somos entonces, herederos del hispano-latino-indo-afro-americanismo.
De un latinoamericanismo que hizo también posible que “surgieron las primeras visiones políticas de la industrialización de la región” a partir de Víctor Raúl Haya de la Torre.
Todos los trabajos de Manuel Ugarte, que no tuvieron la merecida difusión en nuestro país, sirven hoy más que ayer.
Tienen plena vigencia, muestra de ello es el párrafo de su autoría que transcribimos y que parece haberse escrito en la actualidad, dice: "Yo también soy enemigo del patriotismo brutal y egoísta que arrastra a las multitudes a la frontera para sojuzgar a otros pueblos y extender dominaciones injustas a la sombra de una bandera ensangrentada. Yo también soy enemigo del patriotismo orgulloso que consiste en considerarnos superiores a los otros grupos, en admirar los propios vicios y en desdeñar lo que viene del extranjero. Yo también soy enemigo del patriotismo ancestral, de las supervivencias bárbaras, del que equivale al instinto de tribu o rebaño. Pero hay otro patriotismo superior, más conforme con los ideales modernos y con la conciencia contemporánea. Y ese patriotismo es el que nos hace defender, contra las intervenciones extranjeras, la autonomía de la ciudad, de la provincia, del Estado, la libre disposición de nosotros mismos, el derecho de vivir y gobernarnos como mejor nos plazca”.
La política neoliberal impuesta en los últimos años con su secuela de cierre de industrias, desocupación y empobrecimiento, producto de la expansión imperial, de la globalización de las finanzas sobre las naciones, y la actitud "cipaya" de ciertos gobernantes, fue vislumbrada por este precursor; como si fuera hoy, alerta: "La expansión va perdiendo su viejo carácter militar. Las naciones que quieren superar a otras envían hoy a la comarca codiciada sus soldados en forma de mercaderías.
Conquistan por la exportación, subyugan por los capitales. Y la pólvora más eficaz parecen ser los productos de toda especie que los pueblos en pleno progreso desparraman sobre los otros, imponiendo el vasallaje del consumo".
El ejercicio del olvido al que fuimos condenados los latinoamericanos en general y los argentinos en particular y los artilugios desarrollados para anular el pasado con el ejercicio interesado de la desmemoria forman parte del esfuerzo por ocultar décadas intensas y profundas de lucha por la unificación.
El olvido no es sólo derogación de la memoria. “Tiende a colocar en su lugar una mítica narración del pasado: el silencio ha dado lugar a formas de normalización falsificadas, a través de una unívoca interpretación oficial. Se sustituye la cultura social, que actúa como conciencia crítica, deslizándose el sentido conceptual del pasado a través de la opacidad del presente, resignificando la temporalidad rica y múltiple del saber crítico hasta llegar a la clausura de su significación”.
Así, es imprescindible abordar la “Urgencia por saber, para hacer”, es decir que el conocimiento se convierta en un arma transformadora.
Pero esta urgencia vital no deviene de “un sentimiento trágico”, sino por el contrario se catapulta desde el optimismo esperanzador.
“El olvido forma parte necesaria de una de las condiciones para la producción de un tipo de subjetividad que fabrica complicidad permisiva…”.
No se trata sólo de recordar el pasado. Se trata de analizarlo profundamente encontrando las vertientes y acciones que nos dan identidad, denunciar el presente y construir un futuro distinto.
Señala Ugarte: "Después de lo que vemos y leemos, será difícil que queden todavía gentes pacientes que hablen de la Federación de los Estados Sudamericanos, del ensueño de Bolívar, como de una fantasía revolucionaria. La iniciativa popular puede adelantarse en muchos casos a las autoridades. Nada seria más hermoso que crear bajo el nombre de Liga de la Solidaridad Hispanoamericana o Sociedad Bolívar una vasta agrupación de americanos conscientes que difundiesen la luz de su propaganda por las quince repúblicas. Esa poderosa Liga tendría por objeto debilitar lo que nos separa, robustecer lo que nos une y trabajar sin tregua por el acercamiento de nuestros países. ¿Es imposible acaso realizar ese proyecto?"
Tiene su obra el carácter que adquiere todo testimonio: sirve por la realidad que describe y sirve, sobre todo, porque construye una ideología en donde la nacionalidad no se crea sólo con las armas o con el pensamiento.
Se crea, sobre todo, con la emoción y la pasión.
La pasión que debemos poner en práctica para cambiar la realidad.
La pasión a que nos obliga el ser argentino, el ser ciudadanos de hispanoamérica.
Norberto Galasso manifiesta que. "Nuestras palabras, seguramente, destilan pasión, y es que estamos atados irremediablemente a ella".
La pasión por seguir siendo lo que somos.
("entre comillas" citas de Norberto Galasso, Liliana Barela, Ricardo Carpani, Abelardo Ramos, Eduardo Luis Duhalde y otros pensadores del campo nacional.)
Lea online El Destino de un Continente, por Manuel Ugarte.